Los centros de custodia con capacidad para tener y atender jaguares en Bolivia, hacen esfuerzos extraordinarios para cuidarlos. La inversión en alimentación y construcción de recintos adecuados para que puedan desplazarse con un poco más de holgura, es alta. De los 26 jaguares decomisados en situaciones de ilegalidad o entregados, solo uno tendrá la posibilidad de ser liberado.

Por Erika Bayá

En 2024 justo cuando sucedían los incendios forestales llegó a la Gobernación de Santa Cruz un cachorro de jaguar con apenas un mes de vida, el animalito estaba al borde de la muerte, la gente que lo había encontrado en una propiedad ganadera – quizás por el conflicto entre humanos y jaguares – no sabía cómo alimentarlo y le estaban dando leche vacuna, un alimento que, según veterinarios especializados, no cumple las necesidades nutricionales para esta especie ya que le estaba causando serios daños a su salud por el desbalance de lactosa, grasas y proteínas. A su corta edad tuvo que enfrentar jeringas, sueros, medicamentos y a los humanos que tenían que salvarlo. Finalmente Kobu, con muchos cuidados profesionales, superó esa situación y después de algunos meses, ya sano y fuerte, fue derivado a un centro de custodia, donde permanecerá por el resto de su vida. Y aunque Onca, el centro de custodia que lo recibió en Rurrenabaque, es un espacio boscoso y natural, ya no podrá estar en libertad.

Kobu se ha unido a la creciente lista de jaguares rescatados en Bolivia. Ahora forma parte de los 26 felinos que, tras ser entregados por mascotismo o decomisados por tráfico de fauna silvestre, residen en diversos centros de custodia. Estos incluyen Senda Verde y Vesty Pakos en La Paz,  Ambué Arí en Guarayos, el Zoológico de Santa Cruz, Onca en Beni y el Bioparque Urbano de Tarija. Cada uno de estos centros trabaja incansablemente para rehabilitar, entre muchos otros animales, a estos jaguares. 

Kobu, el jaguar rescatado en los incendios forestales de 2024, en uno de sus paseos en el Centro de Custodia de Fauna Silvestre ONCA. Foto: ONCA

El jaguar (Panthera onca) es el felino más grande de América y el tercero de mayor tamaño en el mundo, existe desde el norte de México hasta el norte de Argentina. Está incluido en el Apéndice I de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES) y la Lista Roja de Especies Amenazadas de la UICN clasificó a los jaguares como “Casi Amenazados”, por su disminución de la población del 20 – 25% en los últimos 25 años y la pérdida del 50% de su hábitat, sin embargo, esto no refleja necesariamente la situación en cada Estado donde habita.

El Libro Rojo de la Fauna Silvestre de Vertebrados de Bolivia lo categoriza como “Vulnerable (VU)”, una categoría de mayor riesgo que “Casi Amenazado”. No obstante, una de las medidas cautelares del Tribunal Agroambiental, emitidas en junio del presente año, dicta que el estado de conservación del jaguar en el Libro Rojo debe recategorizarse y elevar su estatus a “En Peligro”, por las múltiples amenazas que enfrenta, como la caza furtiva, la deforestación, la fragmentación del hábitat por la expansión agrícola y ganadera, y el conflicto con comunidades locales, sin perder de vista, que Bolivia vivió en 2024 los peores incendios de su historia cuando se quemaron 12,6 millones de hectáreas incluyendo territorios donde habitan jaguares. Otro dato preocupante tiene que ver con el último informe de Global Forest Watch, que registra al país en el segundo lugar entre los países que han perdido la mayor cantidad de bosques primarios tropicales en 2024.

Bolivia – a pesar de contar con un Plan para la Conservación del Jaguar , y las recientes medidas cautelares resueltas por parte del Tribunal Agroambiental en 2025, la primera acción ambiental directa para la protección del jaguar y su hábitat –  enfrenta una cruda realidad: la legislación ambiental en el país no se fortalece en la práctica. La constante llegada de jaguares a los centros de rescate es un claro indicio de la persistencia de las amenazas listadas arriba. 

Según Nena Baltazar, representante de Ambue Arí, si bien se realizan decomisos y los animales son entregados a las autoridades, la ausencia de sanciones efectivas, un control riguroso y un seguimiento adecuado a los casos de tenencia ilegal, perpetúa el problema. “Mientras no haya sanción, esto no va a parar”, enfatiza Baltazar, subrayando la urgencia de medidas más contundentes para frenar esta ilegalidad que amenaza a una de las especies más emblemáticas de la fauna boliviana.

Historias de rescate y resiliencia en Ambue Arí

En el santuario Ambue Arí, ubicado en Guarayos  – Santa Cruz, cuatro jaguares encuentran un refugio seguro: Amira, Katie, Kusiy y “Jaguarcita”. Esta última, sin nombre, representa una promesa: ser el primer jaguar en Bolivia en someterse a un proceso de rehabilitación con miras a su liberación. 

Rescatada durante los incendios de 2024, Jaguarcita no fue víctima del mascotismo, lo que le otorga una oportunidad única de regresar a su hábitat natural. Ambue Arí trabaja incansablemente con diversas instituciones nacionales e internacionales para hacer realidad este hito para la fauna silvestre boliviana. En la actualidad, esta hembra de año y medio de edad cuenta con el monitoreo exclusivo de un biólogo, quien evalúa su comportamiento, desarrollo y adaptación, asegurándose de que preserve su independencia y sus conductas naturales.

“Jaguarcita se encuentra en un espacio de 2000 m², sin ningún contacto humano”, precisa Nena Baltazar, directora del santuario. Todos los monitoreos se realizan discretamente mediante trampas cámara. “Es un proyecto grande, seguimos tocando puertas y aún necesitamos fondos”, anuncia Baltazar con esperanza. “Pero estoy segura de que el protocolo que estamos elaborando será clave para futuras liberaciones”.

Las historias de los otros residentes del santuario son un testimonio de la incansable labor de Ambué Arí: Amira, una adulta mayor de 20 años, fue rescatada en 2008 en Riberalta. Siendo una cachorra de apenas tres meses, la encontraron encadenada y maltratada en el patio de una casa, después de que su madre fuera asesinada. Hoy, disfruta de una vida tranquila, recibiendo cuidados veterinarios y una dieta especializada acorde a su edad.

Katie llegó a Ambue Arí en 2007, con apenas dos años. Su madre fue víctima del conflicto entre jaguares y humanos en estancias ganaderas. La jaguar fue mantenida ilegalmente como mascota hasta que su crecimiento hizo insostenible su tenencia. La separación temprana de su madre le dejó traumas profundos. Hoy, a sus 20 años, vive su vejez con secuelas óseas y articulares permanentes, pero rodeada de la selva en su cautiverio.

Kusiy, un macho de 10 años, llegó desde Shinahota, Cochabamba, cuando era un cachorro de solo un mes. Criado como mascota junto a perros, gatos y gallinas en condiciones precarias, fue rescatado gracias a la denuncia de vecinos. Presentaba múltiples problemas de salud: infecciones en la piel, pulgas, parásitos intestinales y una lesión ocular que casi le causa ceguera. En 2015, recibió atención veterinaria especializada en Machía antes de ser trasladado a Ambue Arí, donde ahora es un jaguar adulto, fuerte y lleno de energía.

Kusiy ha crecido en Ambue Arí. Foto: Claudia Ruel-CIWY (izquierda) y Romain Jaunay – CIWY (derecha).

Mantener animales de esta envergadura en cautiverio es una tarea monumental. Dado que no pueden ser liberados, es indispensable construir recintos gigantes que les permita desplazarse y vivir dignamente. “Solo el recinto de Kusiy costó 25 mil dólares americanos”, detalla Nena Baltazar. Los gastos de alimentación superan los 6 000 bolivianos por jaguar al mes. A esto se suman los salarios del personal —asistentes, veterinarios y guardafaunas—, los medicamentos y el impacto del incremento de costos que la crisis económica del país ha generado.

Historias de supervivencia y cuidado especializado en Senda Verde

Mientras en la naturaleza los jaguares recorren kilómetros diarios buscando presas, en cautiverio su sustento depende del cuidado humano, un compromiso costoso y exigente. “Cada jaguar come entre 3 a 5 kilos de carne al día”, comenta Vicky Osio, cofundadora del Santuario Senda Verde. En este refugio paceño, hogar de cinco majestuosos jaguares, la factura de su alimentación es considerable.

“Los grandes felinos ayunan un día a la semana, y ese día les damos hueso de pierna o rodilla para que jueguen y se distraigan”, detalla Vicky. “Los otros días comen huevos en la mañana y luego carne. Compran 220 kilos por semana de carne de res, pollo, cerdo, hígado, corazón, lengua, lo que significa entre 13 y 15 kilos por día solo para jaguares”.

Detrás de cada uno de estos imponentes mamíferos que hoy habitan Senda Verde en Coroico, se esconden historias de sufrimiento, cada uno tiene un pasado de maltrato o tráfico, pero también una nueva oportunidad brindada por este santuario, donde encuentran una vejez digna.

Vicky Osio aún recuerda la llegada de Cubai hace 23 años. Una pareja de biólogos lo rescató de un cazador en la comunidad El Tigre, al norte de Ixiamas, después de que a su madre le quitaran la vida. Aunque le habían preparado un recinto adecuado y protegido, la promulgación de un nuevo reglamento sobre la tenencia de animales silvestres obligó a la pareja a entregarlo a las autoridades. En aquella oportunidad el decomiso por parte de la Policía Forestal y del Medio Ambiente (Pofoma) sin un manejo adecuado, casi le cuesta la vida al jaguar. “Hasta ese momento, en Senda Verde no nos animábamos a recibir una especie tan grande, pero lo acogimos para salvarlo. Cubai llegó con el alma rota y aquí lo contuvimos, le devolvimos un poco de paz. Ahora vive su vejez con tranquilidad”, relata Vicky.

Mi Jungla, una hembra de seis años y medio, llegó a Senda Verde con apenas cinco meses. Fue encontrada por vaqueros en Palos Blancos, al norte de La Paz, debilitada y con un golpe en la frente, una clara señal de que su madre había sido asesinada. Más tarde, se descubrió que también tenía una fractura en la pierna con desplazamiento.

En 2019, desde Santa Cruz, llegaron Misha y Hernán. Misha, una hembra de unos cuatro años, había sido decomisada en Porongo. La encontraron en una jaula sucia, llena de pulgas, y lo más desgarrador, junto al cuerpo disecado de su madre. Su desconfianza hacia sus cuidadores era profunda. Sin embargo, gracias al arduo trabajo de una veterinaria dedicada, Misha se fue adaptando a sus nuevas condiciones de vida y, para sorpresa de todos, su convivencia con Mi Jungla en la misma jaula fue un éxito instantáneo, optimizando un espacio en el santuario. Misha, que aún prefiere la compañía femenina, se encuentra ahora en óptimas condiciones.

Hernán, llegó en 2020 cuando tenía unos seis años. Lo habían puesto a la venta por Internet en Cochabamba. Cuando fue decomisado lo llevaron a Santa Cruz y después de un caso complicado de salud atendido por la Gobernación de ese departamento, fue entregado a Senda Verde. Hernán, con diez años en la actualidad, es un lindo ejemplar, cuenta Vicky. 

Finalmente, está Lala, la más joven de las hembras. Fue encontrada de noche en un camino entre Caranavi y La Asunta, en Sur Yungas. Era apenas una cachorra, con sus ojos que brillaban en la oscuridad. Al llegar a Senda Verde, se descubrió que le faltaban los colmillos –los inferiores arrancados de raíz y los superiores rotos–, una clara señal de que había sido preparada para ser mascota. Además, no tenía sus garras. A pesar del trauma, una especialista en felinos la atendió, y sus colmillos de leche dieron paso a unos nuevos, al igual que sus garras. Lala, a pesar de su terrible pasado, demostró la asombrosa resiliencia de estos animales frente a la crueldad humana, relata Vicky Osio, quien junto a su esposo, dedica su vida a este santuario de ayuda a la fauna silvestre.

Onca: Los desafíos de sostener un santuario de Jaguares

En el corazón de la Amazonía boliviana, a orillas del río Beni, se encuentra  el Centro de Custodia de Fauna Silvestre ONCA. Bajo la dirección de Andrés Jiménez, este santuario se ha convertido en el hogar de jaguares como Beni, Khali y Kobu, cada uno con una historia de rescate y esperanza.

Recordamos al inicio de este reportaje la conmovedora llegada de Kobu. Este jaguarcito, que pesaba apenas 11 kilogramos a finales de 2024.  “Está fenomenal”, asegura Andrés, orgulloso de ver cómo Kobu ya supera los 40 kilos y está en pleno cambio de colmillos, una señal de su crecimiento.

Beni, otro jaguar, fue encontrado en Ixiamas y reside en ONCA desde 2019. Khali, la hembra del grupo, llegó incluso antes, en 2018. El cuidado de estos felinos es una labor ardua y llena de desafíos, relata Jiménez. Khali, por ejemplo, no puede disfrutar de los paseos como Kobu y requiere un manejo específico dentro de su recinto. Por esta razón, el centro está realizando una significativa inversión de 25.000 dólares americanos para construirle una jaula de 20×20 metros, que incluirá una piscina y otros elementos vitales. Esta inversión se ha vuelto un desafío considerable debido a la fluctuación del cambio de moneda que atraviesa Bolivia en la actualidad.

“Khali tuvo un problema renal que ya hemos solucionado, y una vez tenga su jaula más grande estará muy bien”, explica Andrés. Aunque reconoce que “lógicamente no es como estar en la selva”. Enfatiza que en ONCA hacen “lo mejor que se pueda” para ofrecerles la mejor calidad de vida posible.

Andrés Jiménez subraya la importancia de la educación ambiental. Para él, es fundamental que la gente comprenda que tener animales silvestres como mascotas no solo es perjudicial para ellos, sino que también contribuye al tráfico ilegal de fauna.

Un nuevo capítulo para los jaguares de Play Land en Vesty Pakos

El Bioparque Vesty Pakos en La Paz es el hogar de seis jaguares, tres de ellos con más de 22 años. A ellos se suman tres jaguares jóvenes: Toto, Santiago y Mosa, quienes llegaron a mediados de 2024 tras el cierre del centro Play Land en Santa Cruz. La Autoridad Ambiental Competente a nivel nacional tomó esta decisión crucial luego de un incidente que involucró la fuga de un jaguar, asegurando que Vesty Pakos, con sus instalaciones adecuadas, personal capacitado y vasta experiencia, ofrecía las condiciones óptimas para garantizar el bienestar de estos animales.

Uno de los jaguares del Bioparque Municipal Vesty Pakos, La Paz. Foto: Vesty Pakos

Con casi 30 años de experiencia en el manejo de esta especie, Vesty Pakos ha implementado un “Plan de Adaptación Progresiva”. Omar Rocha, administrador del centro, explica que este plan se basa en cinco pilares clave para asegurar la adecuada integración de los jaguares a su nuevo entorno, este plan incluye acondicionamiento de madrigueras con control de temperatura; ajustes estacionales en la dieta; enriquecimiento ambiental, ocupacional, alimenticio, entre otros, que son actividades que estimulan sus instintos naturales; cumplimiento de un programa sanitario con monitoreo a su estado de salud y comportamiento de manera continua, evaluaciones físicas y análisis médico veterinarios regulares, explicó Rocha.

Para conocer un poco de su historia. Toto fue encontrado como un cachorro al lado de una carretera en 2012, junto a otro pequeño jaguar que, lamentablemente, se perdió en el monte. Sus primeros años los pasó encadenado en la Universidad Amazónica de Pando, en condiciones inadecuadas e inseguras para un felino de su edad. “Tenemos información de que tras su rescate en 2016, se evidenció que presentaba los molares fracturados, posiblemente debido a que mordía la cadena”, relata Omar Rocha. Posteriormente, Toto fue trasladado a Play Land, donde vivió por ocho años en un espacio de 120 metros cuadrados.

Santiago, hijo de Toto y de otra jaguar hembra también rescatada del tráfico ilegal, nació en cautiverio en Play Land. Actualmente, es el compañero inseparable de Toto. Ambos exploran su nuevo entorno en Vesty Pakos y están juntos, sin mostrar rivalidad a pesar de ser dos machos. Sin embargo, “Santiago no puede ser liberado porque nació en cautiverio, lo que significa que no ha desarrollado las habilidades necesarias para sobrevivir en la vida silvestre”, añade Rocha.

Ocho jaguares entre el Zoológico de Santa Cruz de la Sierra y el Bioparque Urbano de Tarija

El caso de los jaguares en el Bioparque Urbano de Tarija es diferente al resto. Sus tres felinos —dos machos y una hembra— nacieron en cautiverio. Tafu (nacido en 2006), Jade (en 2007), y Nena, de 17 años, son descendientes de Sansón y Chaquira dos jaguares que ya no existen. En 2017, los cuatro, se cuenta a Lukas, un jaguar que falleció en el mes de junio de 2025, fueron trasladados del antiguo Zoológico Oscar Alfaro a su nuevo hogar en el Bioparque.

Tafu, jaguar nacido en cautiverio, en su recinto en el Bioparque Urbano de Tarija. Foto: Bioparque Urbano de Tarija

La veterinaria a cargo, Alejandra Garzón, asegura que todos gozan de buena salud. “En general, están muy bien, muy activos y reciben la alimentación y los cuidados necesarios”, comenta Garzón. Un cambio significativo para ellos ha sido la ampliación de sus espacios, pasando de recintos de 4×4 metros cuadrados a 800 metros cuadrados, lo que mejora considerablemente su calidad de vida.

El Zoológico de Santa Cruz de la Sierra alberga a cinco jaguares. Joaquín llegó en 2012, Selva en 2013 y Kringer en 2016. Kringer, en particular, fue entregado por una familia de San Javier que lo tenía como mascota y, como suele suceder en estos casos, se vieron sobrepasados por su tamaño y necesidades. A Princesa y Mosha las trasladaron cuando el centro Play Land cerró sus puertas tras un incidente.

Mario Zambrana, jefe del Departamento de Conservación y Manejo de Vida Silvestre del Zoológico Municipal de Santa Cruz, explica que en este zoológico, el veterinario encargado formula una dieta específica para cada jaguar. Esta atención individualizada considera la edad, el peso y el nivel de actividad de cada felino para prevenir problemas metabólicos como el sobrepeso, el bajo peso o la acumulación de ácido úrico, una afección común en jaguares en cautiverio. Zambrana subraya que, a diferencia de su estado natural donde caminan kilómetros, la actividad drásticamente reducida en recintos cerrados puede provocarles problemas de salud, haciendo esencial una nutrición y cuidados precisos.

Mientras Bolivia siga perdiendo sus bosques primarios tropicales y lidiando con incendios devastadores que aniquilan el hábitat del jaguar, de nada servirán los planes de conservación. La legislación ambiental se muestra ineficaz en la práctica y la constante llegada de estos felinos a los centros de rescate sin ninguna acción judicial, es una clara señal de que el tráfico y el mascotismo persisten impunes. Así, la fauna boliviana seguirá pagando el alto precio de la indiferencia y la ilegalidad.

Imagen principal: Jaguar en su recinto en el Bioparque Vesty Pakos en La Paz, que es el hogar de seis jaguares. Foto: Bioparque Vesty Pakos

Comparte este artículo por: