Por Cecilia Requena Gallo y Doly Leytón Arnez

Ante la mirada atenta de lo que sucedía en la década de los 70 y 80, cuando se vivía el despertar de la industria maderera y la expansión agrícola y ganadera devoraban los bosques, Gabriel Alarcón decidió iniciar un sueño: conservar un bosquecillo de 20 hectáreas donde, hoy, se alzan frondosos cientos de árboles, entre los que reina la preciosa mara.

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Don Gabriel Alarcón y uno de sus árboles de Mara Foto: Doly Leytón

´´Allá al frente se ve la propiedad´´, comenta Gabriel Alarcón, mucho antes de cruzar la banda del río Piraí. Al levantar la cabeza y dirigir la mirada hacia el horizonte, la imagen impacta: al lado izquierdo de una zona montañosa se pueden ver plantaciones de cítricos y terrenos con muy poca cobertura vegetal, mientras que a la derecha, como un gran parche verde, se alza un bosque tupido.

Después de cruzar el río empieza una caminata corta, de unos 15 a 20 minutos por senderos con poca vegetación. Alrededor no hay árboles grandes donde resguardarse del intenso sol de la mañana, sólo pequeños árboles de cítricos en surcos. Se cruza un par de tranqueras hasta llegar a un gran pastizal. A los lados, nuevamente la imagen de los terrenos deforestados, que corresponden a tierras privadas de uso agropecuario, pero en frente, como un oasis, se levanta una muralla de vegetación.

Después de caminar un poco nos encontramos debajo de árboles en un sendero rodeado por una hermosa vegetación. Así llegamos a Gama 8, la propiedad de don Gabriel, un hombre que de sus 63 años de vida ha dedicado al menos tres décadas a cuidar este pedazo de terreno de 20 hectáreas, ubicado a sólo cuatro kilómetros desde la zona urbana de El Torno. Es inevitable preguntarle el porqué, qué lo motiva, porque su terreno está ubicado en una zona privilegiada, cerca al río, donde prima el aprovechamiento agropecuario, cercano a la zona urbana, tanto así que ha quedado como una pequeña isla.

– Desde niño tenía esa inquietud de ver los árboles grandes.
– En mi tierra, provincia de Larecaja, en La Paz, hay un fruto similar al achachairú. Cuando tenía 12 años, con mis amigos vimos un árbol cargado de frutos y con hachas lo tumbamos para cosechar sin saber que era incorrecto hacerlo de esa forma. Eso fue lo primero que recordé cuando compré esta propiedad y lo primero que hice fue plantar un achachairú.
– Después vi cómo poco a poco sacaban la madera mara y nunca vi que reforestaran. Entonces dije: esto va a desaparecer…
– En ese entonces habían unos arbolitos de más de 70 años pero hice almácigos para plantar aunque pensé que no iban a dar.
– “Usted no lo va a ver nunca”, me decía la gente pero eso no me interesaba. Primeramente, porque las plantas generan agua y ese es uno de los principales motivos por los que conservo este bosque y también para evitar la extinción de la mara que ya prácticamente la han aniquilado; en raros lugares se la encuentra.

Y don Gabriel no se equivoca. Los enormes árboles añejos de mara que él vio como eran arrancados de los bosques durante años, eran una especie común de los bosques tropicales húmedos de Bolivia.

Auge y explotación

La mara (Swietenia macrophylla) es una especie nativa de América del Sur, que en Bolivia se distribuye entre los departamentos de Pando, Beni, La Paz, Santa Cruz y Cochabamba. De madera noble y fácil de moldear, la mara es apetecida en los mercados internacionales por estas características además de su resistencia a los insectos (térmitas o turiros), su durabilidad y su particular color rojizo que también le da el nombre de caoba.
No es de extrañar entonces que esta especie haya sido, junto con el cedro y el roble, las que despegaron el negocio de la madera en el país. Así lo reconoce el gerente general de Cámara Forestal Boliviana (CFB), Jorge Ávila. “La mara es un ícono en nuestro sector porque en los años 70 y 80 financió y potenció el crecimiento y desarrollo de la industria maderera en Bolivia”.

Y con el auge vino la explotación selectiva de esta especie. Durante años la industria maderera se dedicó a extraer únicamente mara, cedro y roble. “Es cierto que la industria maderera fue intensiva en el aprovechamiento de la mara pero en los diámetros correctos porque son los que comercialmente le iban a generar un rédito” asegura Ávila.
Los reportes así lo confirman. De acuerdo al informe del proyecto “Densidad poblacional y efecto del aprovechamiento forestal en la regeneración natural y el crecimiento diamétrico de la mara”, elaborado en el 2010 por el Instituto Boliviano de Investigación Forestal (IBIF) para el Viceministerio de Medio Ambiente, Biodiversidad, Cambios Climáticos y de Gestión y Desarrollo Forestal, en el periodo 1980/1992, la mara fue la especie con mayor extracción para su comercio tanto a nivel nacional e internacional.

Sin embargo, el titular de la Cámara Forestal Boliviana sostiene que la explotación selectiva se debía a un problema de orden legal. “Hasta el año 91 o 92 todos los contratos eran por un año, el Estado no le daba a nadie contratos de largo plazo, por lo que el operador forestal invertía un monto y lo tenía que recuperar en ese periodo porque no sabía si al año siguiente le iban a renovar su licencia. No se establecieron planes de manejo, ni de bosque, ni de la especie porque la estructura jurídico administrativa así lo imponía, es por ello que nuestra institución desde el primer momento peleó por contratos a 20 años, porque el manejo es de largo plazo y la inversión en la industria maderera también es de largo plazo.”

Esta situación cambió con la Ley Forestal 1700, que fue promulgada en julio de 1996. A partir de esta nueva normativa se establece que la explotación de la mara debe ser realizada usando prácticas de aprovechamiento de impacto reducido, dejando 20% de los árboles aprovechables como semilleros, aprovechando solo individuos con más de 70 cm diámetro, y usando ciclos de corta de por lo menos 20 años.
Sin embargo, para cuando la Ley Forestal llegó, ya habían transcurrido al menos dos décadas de explotación y los ejemplares de mara con diámetros comerciales habían desaparecido prácticamente.

Volvemos con don Gabriel. Su compromiso con la naturaleza es tal que afirma que Gama 8, nombre compuesto por las iniciales de su nombre y el de su esposa Martha Alfaro (+), es como su noveno hijo.
“Estamos en las faldas del Amboró y he visto como los árboles van desapareciendo alrededor, por eso para mí esta propiedad es como un hijo más. Tengo 8 hijos y aunque hubo momentos de necesidad para mantener a mi familia, jamás se me ha cruzado por la mente vender este terreno”.

De las 20 hectáreas, en una jornada solo se puede recorrer una mínima parte durante aproximadamente tres horas. Lo primero que muestra con orgullo es la variedad de árboles que están creciendo entre la que reina la mara, la preciosa mara.

Penetrando entre la maraña de hierbas, haciéndole lance a las tucanderas, unas temidas hormigas negras de gran tamaño, seguimos al sexagenario que con machete en mano y con la fortaleza de un veinteañero, abre camino hasta llegar a un árbol de mara de más de 30 años, según sus cálculos. Minutos antes, abrazó otro ejemplar y afirmó que ese posiblemente tenía unas dos décadas.

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Don Gabriel abrazando uno de sus árboles de Mara de más de 30 años Foto: Doly Leytón

Sin duda alguna, además de su bosque de achachairú, un dulce fruto pequeño, redondo con cáscara color naranja y de pulpa blanca, los árboles de mara son sus consentidos. Entre los machetazos cuidadosos que daba para abrir senda, durante nuestro recorrido encontró dos árboles jóvenes de menos de un metro de altura, muy cercanos uno del otro.
“Mire, mire, estos tienen para sus dos años; allá hay otro; ese más grande debe estar por los cinco; el de allá tiene unos 25”, exclamó como si hubiese encontrado un gran tesoro mientras caminaba y apuntaba cada vez que identificaba un árbol de mara. Y es que en las condiciones de conservación que posee Gama 8, con árboles semilleros en abundancia, la mara puede regenerarse naturalmente y continuar su ciclo. Pero Gama 8 es una excepción. La mayor parte de los bosques no fue manejado sosteniblemente cuando la mara existía en abundancia y eso amenazó la supervivencia de la especie.

Abriendo sendas para una nueva generación

Pensar en volver a los volúmenes comerciales que la mara alcanzó en la década de los 70 y 80 es una tarea casi imposible. Eso no quiere decir que no se esté trabajando en proyectos para repoblar los bosques con esta especie, pero al menos, pensar en la regeneración natural de esta especie, no es una opción.

“Muchos forestales o manejadores del bosque han estado preocupados por la regeneración natural de la mara, debido a que la densidad poblacional es baja en toda el área de distribución en el país. Para promover la regeneración de la mara además de conservar arboles semilleros, se necesita realizar tratamientos silviculturales”, afirma el informe del proyecto “Densidad poblacional y efecto del aprovechamiento forestal en la regeneración natural y el crecimiento diamétrico de la mara”.

Por su parte, Lincoln Quevedo, doctor en ecología y silvicultura en bosques tropicales e investigador asociado del Centro de Investigación y Manejo de Recursos Naturales (CIMAR) señala que si quiere pensar en volúmenes interesantes tendría que ser a nivel de plantaciones. “Pero plantaciones en condiciones muy especiales mezclándose con otras especies, y especialmente introduciéndolas en el bosque natural, o en barbechos donde puedan disfrazarse un poco y tener una especie de ambiente natural tal como estaban en el bosque en el pasado”.

De momento no hay un programa de regeneración exclusivo de la mara, pero sí se lo incluye en programas de reforestación junto con otras especies en zonas donde solía encontrarse abundantemente. “Si bien no hay una política nacional, los proyectos estatales de reforestación en bosques tropicales siempre incluyen a la mara, el cedro y el roble. Permanentemente se está pensando en qué especie es la que puede dar más beneficio ya que no se puede invertir tantos recursos si no se piensa en un retorno, y en ese sentido estas especies son las más valiosas”, explica Bonifacio Mostacedo, investigador forestal y actual vice decano de la Facultad de Ciencias Agrícolas de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno.

Gabriel no sabe a ciencia cierta cuántos ejemplares tiene de cada una de las especies de árboles que nos mostró. “Deben haber más de 400 maras (árboles de mara), varios de más de 35 años. Los más grande ya se han reproducido, como ha visto hay bastantes pequeños”, comenta pensativo.

A este conservacionista el cuidado de este bosque le ha significado años de sacrificio e inversión. Incluso, tuvo que enfrentar la presión de su entorno cuando se realizó el censo agropecuario, hace un par de años, porque supuestamente su terreno no cumplía una función social y cuestionaban porqué no sembraba. Él defendió su propiedad legalmente y demostró una función social avalada por Ley: criar abejas.

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Don Gabriel y sus cajas de abejas Foto: Doly Leytón

Tras varias horas de conversar hubo un silencio mientras disfrutábamos del paisaje, los aromas y sonidos de la naturaleza.

-¿Qué cree que va a pasar con este su terreno después don Gabriel? Con el cansancio visible en su rostro pero con los ojos que reflejan esperanza respondió: “Cuando compré todo era monte, pero poco a poco todo empezó deforestarse. Es un desastre ver cómo se ha talado árboles de más de 40 años.
Quiero que me entierren aquí, porque si lo hacen en un mausoleo, probablemente, al día siguiente lo vendan. Lo que estoy pensando es dejar una nota de herencia para mis nietos pero con la misma alternativa: que ellos sigan conservando”.

Gabriel espera que Dios le regale más años de vida y pueda dejar su trabajo como técnico industrial en la ciudad, que es su principal fuente de ingresos, para dedicarse por completo a la apicultura. Por el momento, ha formalizado su compromiso para conservar GAMA 8 a través de la firma de los acuerdos ARA. ARA es un mecanismo a través del cual, usuarios de agua cuenca abajo hacen pequeños aportes económicos que son colectados y administrados por instituciones locales para luego ser transferidos a comunidades o agricultores cuenca arriba, en insumos y materiales que impulsan iniciativas productivas a cambio de conservar o restaurar ecosistemas críticos para la provisión de agua, según nos informaron en la fundación Natura que lleva adelante esta iniciativa.

De acuerdo al convenio, Gabriel Alarcón protegerá y conservará ese terreno por los próximos 10 años. Un mero formalismo para quien sueña que su cuerpo sea enterrado junto a un árbol de mara para que cuando sus hijos o nietos visiten el lugar puedan sentir su presencia en el bosque y lo cuiden y protejan como él lo hizo.

DATOS
– De acuerdo a datos del 2001 al 2008 provenientes de la Autoridad de Bosques y Tierra, la mayor densidad de árboles de mara se encuentran en los departamentos de Santa Cruz y Beni.
– Los productos del bosque estos aportan al Producto Interno Bruto (PIB) solamente en un 6%, según datos del periodo 1988-2009 (IBIF 2010).
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NOTA DE APOYO

La exportación de la mara está frenada

Desde el 2003 la mara fue incluida en el Apéndice II de CITES (Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres, por sus siglas en inglés), como un mecanismo para regular su aprovechamiento y conservar la especie.

Si bien la promulgación de la Ley Forestal 1700 planteó un nuevo escenario de regulación para la empresa maderera formal, esto no frenó los embates del comercio ilícito. “Actualmente y con la puesta en práctica de las normas de la Ley
Forestal vigente, se puede decir que el principal problema de la disminución de los individuos comerciales de mara es la tala ilegal. Los mecanismos de control son ineficientes, especialmente para aquella madera de consumo interno”, afirma el informe del proyecto “Densidad poblacional y efecto del aprovechamiento forestal en la regeneración natural y el crecimiento diamétrico de la mara”.

Ante este panorama se promovió la inclusión de la mara, en el año 2003, en el Apéndice II de CITES (Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres, por sus siglas en inglés), como un mecanismo para regular su aprovechamiento y conservar la especie. En este apéndice se incluyen especies que no se encuentran necesariamente en peligro de extinción, pero cuyo comercio debe controlarse a fin de evitar una utilización incompatible con su supervivencia. Para ello, la exportación de esta madera debe estar acompañada de un certificado que demuestre que el aprovechamiento comercial fue realizado bajo un plan de extracción no perjudicial.

“Como certificador forestal no conozco una empresa que esté aprovechando mara en Bolivia por la baja población, y también por la regulación CITES que implicaría hacer una inversión silvicultural muy fuerte para justificar su aprovechamiento y que el certificador este conforme con esas medidas. Es más fácil para la empresa certificada no aprovechar la mara, y concentrarse en otras especies”, explica Lincoln Quevedo, doctor en ecología y silvicultura en bosques tropicales e investigador asociado del Centro de Investigación y Manejo de Recursos Naturales (CIMAR).

A esto se suma que desde el 2010, debido a que el país incumplió una normativa administrativa al no presentar un informe ante el CITES, la entidad internacional sancionó al país prohibiendo la exportación de la mara. Esta situación es vista negativamente por parte del sector maderero. “Creemos que las restricciones en la industria maderera son negativas, puede ser que tengan un interés bueno pero en la realidad ocurre todo lo contrario. Y eso es lo que está pasando ahora con la mara, se está extinguiendo genéticamente porque legalmente nadie puede aprovecharla, entonces quienes sacan beneficio son los piratas que van y cortan ilegalmente y lo venden en el mercado negro porque de manera legal no se puede comercializar”, argumenta Jorge Ávila, gerente general de Cámara Forestal Boliviana (CFB).

Sin embargo, para Bonifacio Mostacedo, investigador forestal y actual vice decano de la Facultad de Ciencias Agrícolas de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno, que la mara haya sido incluida en el Apéndice II del CITES ha sido positivo para apoyar su conservación. “En realidad la mara no ha desaparecido, todavía hay individuos pequeños, y si los empresarios tuvieran un poco mas de visión e invertir en la mara o cualquier especie valiosa, pero con una proyección de aquí a 25 a 30 años podrían aprovecharlo y no como hace 30 años que había tanta mara y las empresas se beneficiaron pero no invirtieron o no tuvieron una visión a largo plazo para que esas poblaciones se mantengan en volúmenes grandes”.

Pese a los recientes decretos y medidas de fortalecimiento para el sector forestal por parte del gobierno, aún no se ha logrado un avance con respecto a la restricción en las exportaciones o proyectos de fomento para la regeneración de la mara.

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